La atracción por las cosas que no entiende a menudo lo transporta a lugares donde no está seguro si quiere ir y sin embargo se deja orbitar sin oponer resistencia alrededor de los seres imantados con la expectativa de aprender algo nuevo, descubrir una nueva razón, experimentar el amor de la forma menos convencional, y menos amor. Le gusta jugar sin establecer las reglas a priori, bailar el agua a quien baila bajo el agua, dejando que las palabras hablen por él, o no, que las miradas hablen por el, o no, que el tacto hable por los dos y quizá, no, solo quizá las palabras y los gestos formen parte del baile, del juego de niños que quieren conocerse sin mostrar todas las cartas.
Los ojos que se posan en él hunden los cimientos sobre los que ha construido su vigor, lo deshacen como chocolate fundido, suscitan la oblicuidad derrocando el derecho a defenderse de una mirada como quien defiende una idea, el derecho a crear una idea, un nuevo concepto, el tipo de amor entre personas que no están enamoradas.
Ver a esa joven durmiendo en el sofa con un solo zapato le pareció tan bonito que le entristeció, la serenidad de su calma, la expresión de ojos cerrados más propia. El cuerpo indefenso de la joven se deja malear con facilidad en una mente habitada por dignidad solo cuando interesa y en su imaginación ella posa con los ojos abiertos, manteniendo la mirada, como si no hubiera nada más erótico que imaginar, nada más imponente que una chica mirando desde un sofá.
La figura sobre el sofá le conmovía de una forma que no tenía ninguna relación con esa escena, quizá el estimulo de la memoria evocando otra escena diferente o quizá ese tipo de belleza es triste nomás. La chica de Stendhal, Venus de un solo zapato, quedó reducida a musa cuando quiso retratarla en su libreta, quedó reducida a idea tras descubrir que no poseía el arte que hiciera justicia sirviéndose pues de palabras, quedó reducida a recuerdo cuando sin palabras cerró la libreta hasta que las palabras llegaran a él, quedó reducida a una historia sobre una joven que dormía con un solo zapato.
Sus pies se comunican con el resto de seres agitados en el ritual donde el lenguaje físico es la jerga oficial, el único a tener en cuenta. Las miradas, dilatadas y sin apocamiento, polarizan la gravedad que une los cuerpos que se encuentran en el mismo éxtasi y coordinan los pasos que marcan el ritmo del otro, desvelando los intereses y las ofertas que cada uno presenta.
Ocurre a veces que él acepta todos los dulces que se reparten en los cuartos de baño y deja su corazón al ritmo de Mandy, dama del baile y los estados alterados. Oh Mandy, la medicina sin receta toma control de las decisiones que nunca plantea, delegando la responsabilidad a un futuro con menos noche y menos luces y menos frenesí y menos Mandy.
Ahora está acostado entre el mobiliario y los cojines del club de noche, pero ya no hay noche, se escuchan los desastres y ronquidos del resto de seres de baile que habitan ese escenario acolchado y utiliza ese momento perfecto de arte y destrucción, la inventiva de los químicos que aun bombean su cuerpo, para crear algo bonito.
En su interior habita un reloj con una bailarina de porcelana que olvida que es cristal piedra y baila con la fluidez de una lámpara volcánica cuando se cumplen los requisitos que él, caparazón de piel y trajes de clochard, ha escrito en una de sus listas.
A decir verdad tiene listas para todo, algunas más ordinarias como sus propósitos de año nuevo, la recopilación del cine que le ha hecho llorar o las canciones que invitan al bello a salir de la piel; y otras listas quizá más extravagantes pero igualmente necesarias como las revoluciones para después de una caída, los posibles que no fueron posibles, su colección de momentos apolíneos o los rasgos que le cautiva encontrar en una mujer; y es en esos rasgos donde el cumplimiento de los requisitos se hace manifiesto, la destrucción es un mal menor y hay que desenfundar con sutileza el bolígrafo para la próxima enumeración de revoluciones tras una caída.
Cada cierto tiempo una enumeración de rasgos se verán agrupados en una sola sonrisa y él no podrá contener el impulso de redactar el manifiesto resultante para después olvidarlo y dejar la responsabilidad y el peso al papel, convertir idea en recuerdo, la sonrisa que equivalía mil páginas escrita en unas pocas líneas sobre listas y un reloj.
Ciudadano
del mundo escribe cartas que no saldrán de su mesilla de noche, las
fronteras están delimitadas por el peso de su cartera y las reglas
que el mismo se impone decretan
cuanto tiempo dura un exilio.
El
siempre declara que no se arrepiente de nada de lo que ha hecho en su
vida, pero guarda un agravio absoluto, una
aversión perenne,
a aquellas cosas que no ha hecho como si fueran una ofensa al tiempo
mismo, al orden del cosmos, el acto
vandálico a los trenes perdidos. Su condena lo transporta
de un lugar a otro rememorando sus posibles y escribiendo cartas de
disculpa en tercera persona a aquellas personas que pudieron ser y
momentos que pudieron ser, a las catástrofes inacabadas y las intenciones
adelantadas. Su vida es una apología
a los posibles escrita con dedicación y desvelo
que, como el
resto de cartas de disculpa,
no saldrá
de su mesilla
de noche.
Hoy
es uno de esos días en los que Polo es la mirada de la gente que no
repara en él, el recuerdo de una mujer y sus pudieron ser.
Abre los ojos por la mañana para volver a cerrarlos poco después, esperando que la mañana no sea mañana y la luz blanca que se filtra por el leve espacio entre las cortinas esté teñida de ocre, anunciando las últimas horas de la tarde. Si bien le gusta revolcarse entre las mantas y estirar las estremidades ocupando toda la cama, estirar el tiempo hasta ser insomne, otras veces la mañana no es para él y se contrae como si estuviera deshaciendo el ritual, ocupando el espacio mínimo con las rodillas entre sus brazos en un ovillo. En esos días su pié toca suelo cuando no queda mañana y la noche toca suelo con él.
En esas horas en las que nada importa lo mismo, la noche hace un pacto con él ofreciendo los atractivos que solo le atraen cuando se despierta tan tarde, olvidando si su nombre es Polo o el progreso de la búsqueda.
"Eres demasiado mayor para ser tan tímido" le susurran los individuos de la noche... no, espera, no le susurraron eso, esa noche nadie le dijo nada, contempló las figuras femeninas en los locales nocturnos como quien contempla una colección de trofeos de un deporte del cual no tiene la más minima predilección y volvió a casa, volvió a su cama, preguntándose si mañana habría mañana.
Él tiene una ciudad para cuando
está a solas, una para él y nadie más. La ha construido poco a
poco juntando lugares de su memoria: sus calles favoritas, una orilla
al mar donde siempre es la misma noche o el jardín al que se
escapaba durante las asignaturas más tediosas.
Sus paisajes son mementos de un
pasado agradable de recordar y escondiendo en laberintos aquel pasado
seleccionado para ser dejado atrás salta a través de ventanas para
moverse de un mundo a otro, pues cada ventana da a un lugar
diferente, una persona diferente, aquella canción, el aroma de una
habitación desordenada. Sin embargo con el tiempo moverse
a través de la memoria no fue suficiente y la repetición de los
escenarios menoscababa como la cinta de video que se deteriora con
cada reproducción.
Fue entonces cuando empezó a
inventar nuevas ventanas, visitar nuevos mundos al otro lado del
cristal sacados de la imaginación y no la memoria para dejar de ser
residente de su ciudad y ser el constructor, arquitecto de sus
historias, un viajero entre espejos. Pero su inventiva tenía
voluntad propia y no podía crear el mundo al otro lado de cada
ventana, solo construirla.
Y así la imaginación se volvió
búsqueda y la búsqueda obsesión, encontraría una ventana que
contenía todo lo demás, la esencia de realidad, una donde las
palabras no tergiversan el amor y la música es banda sonora al ritmo
de latidos, besos al ritmo de latidos, sexo al ritmo de latidos, latidos al ritmo de sus latidos. Quizá o por una corazonada una
ventana con vistas poco favorecidas de Venecia.
Dibuja con el dedo figuras en la espalda desnuda de la mujer que está sentada junto a él en la cama. Es su ritual, una proposición de intenciones.
No le gusta el sexo en el sentido pragmático de la palabra pero le atrae la idea de subyugar a otro ser humano, dominar algo libre sin clausurar su libertad, la posesión consentida de un cuerpo y sus espasmos y sonidos y fluidos y pupilas y nada más. No le excita sentir el interior de otro cuerpo con su polla, no le excita beber del sexo húmedo de una mujer que se estira y contrae en la cama como si estuviera bailando ballet; le excita provocar el descontrol de los sentidos de su acompañante, ser el guardián de sus sensaciones más privadas y escuchar decir que no y hacer caso omiso, escuchar la falta de aire y aferrarse al sexo más violentamente, sentir las uñas hundirse en los hombros, un murmullo incomprensible, un grito, contemplar la figura del cuerpo que se arquea de la tensión como si la columna quisiera crear un monte con el ombligo en la cúspide. Lo que en realidad le gusta es decidir cuando es el momento de detenerse y nunca ha experimentado poder más satisfactorio.
Si bien siempre ha detestado someter la libertad de otro ser humano, ha encontrado en la posesión de un cuerpo que quiere ser poseído la máxima expresión de libertad, la anarquía sobre la manta al precio de lavar luego las sábanas.
Sueña con relativa frecuencia sobre una casa horadada en piedra en un peñón sobre el agua. Algunas veces no la encuentra donde la había dejado la última vez y en su lugar la encuentra en el cráter inundado de otro planeta, en un oasis de una Tierra sin vida en el año 7.780, o se sueña a si mismo relatando la historia de la casa cavada en piedra a oídos incrédulos que exigen pruebas de su existencia.
La casa está formada por salas circulares y a veces las paredes son de un blanco prístino como el marfil y otras el tiempo se exhibe a través de la vegetación que se filtra por las grietas, pero siempre la misma, siempre rodeada de agua y siempre con vistas a una ciudad que se llama Azara. De Azara no sabe mucho, sabe como se llama pero no está seguro de cómo se escribe y su historia cambia ligeramente cuando sus habitantes hablan de ella de un sueño a otro, como el paisaje de su alrededor; a veces se refieren a ella como la última ciudad con vida de la Tierra o la colonia en algún planeta distante, pero siempre la misma. Desde el balcón de la casa cavada en piedra se puede ver la ciudad de casas blancas, pequeñas, dispuestas unas sobre las otras flotando en el agua. En sus sueños él ha vivido siempre en esa casa con vistas a Azara, ha soñado encontrarla por primera vez y ha soñado envejecer mirando la ciudad imposible desde su balcón en ruinas.
Cuando despierta corre a escribir cada nuevo sueño de la casa en su diario y quiere creer que Azara no es sino Venecia, al otro lado, sin esperar al año 7.780 o viajar a otro planeta.
Él ha aprendido a comunicarse con la noche, a leer las picardías que se esconden en una sonrisa. Eres demasiado mayor para ser tan tímido le decían las miradas con deseo y la noche es solo otro lenguaje más, uno que añadir a la maleta y utilizar para descifrar las intenciones encriptadas en los gestos de las personas que mantienen la mirada.
Cuando Polo está en su cama el sol tiñe la habitación y él piensa en lenguajes de día y canciones de mañana temprano, visita sus mundos, recorre las calles de agua, se detiene ante las ventanas selladas preguntándose por su interior, con miedo a abrirlas de un golpe y asomar la cabeza. Durante el día con los ojos cerrados recorre su inventiva deshabitada, sin nadie con quien poder conversar o hacer alarde de los idiomas que conoce.
Por la noche ahora sonríe a todas las mujeres que saben hablar noche diciendo: Eres demasiado mayor para ser tan tímida.
Su cuerpo vacío
se desenvuelve entre las calles, viaja anónimo en el metro, trabaja
mientras sonríe recogiendo abrigos y vuelve a casa, igual de vacío,
dejando escapar un hilo de humo de cigarrillo en cada suspiro que no
recuerda haber encendido. Está olvidando la búsqueda como la
búsqueda se está olvidando de él. El tiempo ya no lo dan los
relojes, el sol, el hambre, el sueño; el tiempo lo da el polvo que
se amontona en una maleta que espera en la esquina de su habitación.
Cada cierto tiempo Polo gira la cabeza desde la cama y mira la maleta
para calcular el tiempo que le queda en la ciudad sin tiempo.
Uno, no...
dos, dos años piensa. Se pregunta si habrá olvidado la promesa para
entonces, si la ciudad de agua seguirá a flote para cuando él
llegue. Pero no recuerda porque tiene que esperar, porqué esperar
tanto tiempo para ir a una ciudad que se hunde. Exhala una
bocanada de humo y revisa su cuaderno de abordo buscando pistas sin
recordar haber escrito la mayor parte, temiendo que todo sea un
juego. Su viaje el juego de una mente más fuerte que la suya. Lee
sobre una chica habitada por palabras y le gustaría saber como sería
eso, él que solo habita humo y hasta sus propias palabras son
desconocidas para él. Lee sobre Venecia y eso si lo recuerda, parte.
Lee sobre un círculo inacabado. Quiere encontrar la relación entre
las memorias que el mismo ha escrito, siente que no es la primera vez
que lo intenta y ha estado cerca de conseguirlo muchas veces. Se
esfuerza, cierra los ojos, se dibuja un círculo en el pecho con el
dedo para ayudarse a entender el significado. En el cuaderno de
abordo encuentra una página escrita por él, dirigida a él.
Si estás leyendo esto significa que he muerto, bueno, no, no exactamente al menos, pero siempre he querido empezar una carta con esas palabras y no tendré mejor oportunidad que esta. Seguro que tienes muchas preguntas sobre tu pasado, pero yo no puedo responderlas. Si me conozco bien seguirás presentándote al mundo con ese nombre, Polo, quizá el único que conozcas, pero no el único que has tenido. No puedo predecir exactamente qué va a ocurrir cuando haga lo que estoy por hacer, cuando elimine los recuerdos que no me dejan continuar el camino. No sé cuanto de mi seguirá siendo mi. Por eso escribo esta carta, para que sepas que la razón por la que estás perdido es mi culpa, y no tuya. Tenemos un viaje pendiente, si has leído las páginas no arrancadas de este cuaderno sabrás hacia donde, pero no puedo decirte porqué. Yo cometí el error de confundir el camino con la meta, caer en las intenciones y crear una figura que espere al otro lado, pero no trata de eso.
No intentes descubrir más de lo que aquí aparece, la curiosidad consume el camino hasta forzarte a caminar hacia atrás, no sería la primera vez. Nos vemos al otro lado del cristal.
Polo
Sobre la página
una lágrima, solo una, cae sobre una palabra distorsionando el
significado bajo su huella. No es la única palabra distorsionada, no
es la primera vez que visita esa página. No lo recuerda, la
estratagema de su pasado ha llegado más lejos de lo que tuvo
previsto. No sabe como consiguió hacerlo, si es obra de magia, si la
ciencia ha llegado tan lejos que puede borrar las pesadillas del
hombre que no duerme, pero no ha funcionado, si bien no alberga los
viejos recuerdos igualmente se le escapan los nuevos, solo retiene
una idea, una promesa incompleta. Cierra el cuaderno, se tumba sobre
la cama.
A
la mañana siguiente gira la cabeza y ve una maleta llena de polvo.
Uno... no, dos años, calcula.
A veces ocurre
al fijarse en las caras de los anónimos que transitan en metro o
caminan cabizbajos entre la multitud que una o varias palabras se
alzan sobre el murmullo sin ser pronunciadas, como un acto de
aprobación o un saludo respetuoso. Cuando esto ocurre él siente
como si no estuviera solo en su búsqueda, un reencuentro con otro
Marco Polo tras su Santo Grial, quizá uno que no es una ciudad, una
palabra o una vista tras el cristal.
Se pregunta
cual es el Santo Grial de los otros Marco Polo, duda que ellos sean
tan vanidosos como para llamarse así mismos así, como él hace,
pero puede ver la búsqueda en sus ojos. No ocurre muy a menudo pero
a veces encuentra transeúntes que miran a su alrededor buscando algo
y los llama viajeros.
Los ha agrupado
en tres grupos, con frecuencia, pero no necesariamente, relacionados
con la edad. Hay chicos y chicas que miran a su alrededor con
entusiasmo, escuchando música en sus auriculares, un cuaderno en la
mano o jugando con los dedos. Ellos no se suelen dar cuenta de la
presencia de Polo y la mirada de reconocimiento no se devuelve, pero
aun así no duda de esa búsqueda que delatan los ojos que no se
posan en nada en particular.
Otras veces se
encuentra otros viajeros con la expresión de quien prefiere vivir en
un recuerdo o ha inventado uno para si mismo, pero a diferencia de
los anteriores estos enseguida se percatan de la presencia de Polo y
se miran con entendimiento y empatía. Polo siempre les desea buena
fortuna, en una de esas frases que no se pronuncian, con la confianza
de que les llegue tan claro como él escucha sus himnos a aquel que
busca.
Pero luego,
raras veces, normalmente viajeros de avanzada edad, lo miran y lo
hacen sentir iluso y perdido. Su mirar cansado le inspira pena, hacia
él, lástima hacia él. Le gustaría saber que piensan, porqué los
ojos se apiadan como si supieran el final de todas las historias. Se
pregunta porqué hay viajeros en esa etapa de la vida, porqué no han
encontrado lo que buscaban, o ese caso, porqué no han abandonado la
búsqueda.
Estos
pensamientos le llevan a vacilar en su propia búsqueda, el miedo le
cala en los huesos y tiene el impulso de detener a uno de esos viejos
viajeros para cuestionarles si valió la pena, si la sigue valiendo,
con la confianza de que no tendrá que darles más explicación que
esa, habiendo dejado el resto de la conversación escrita en esa
primera mirada de complicidad.
Plantearse la
búsqueda es algo que no sabe como llevar, no debería de ser
complicado pensar sobre ello, no ser Marco Polo, o un Marco Polo. De
igual manera no sabe como describir la búsqueda y escribe
incontables páginas en un diario retratando su Santo Grial sin la
ligera idea de qué se trata. ¿Es acaso una mujer?. Él espera que
sea una mujer. Se pregunta si puede una mujer ser ciudad, ser
palabra, ser una vista tras una ventana con cortinas de lunares.
Los
globos que cuelgan del techo de
su habitación son la nueva ofensa a las leyes de la física. La
pareja de
esferas de aire y magia guarda
en su interior el misterio que permite
a Polo
viajar
a una noche, siempre la misma noche, por unos instantes. Su máquina
del tiempo improvisada
le
despierta
en
un bar lleno de gente de su ciudad natal un sábado noche. En ese
bar avista a su izquierda una colección de globos gobernados
por una chica de espaldas y a su derecha una versión asustada de si
mismo que contempla los globos del fondo como un niño en la
feria.
En
cada viaje Polo se acerca sin vacilar a la chica de los globos para
cambiar la escena de como la recuerda, invierte los pocos segundos de
aire que su máquina le ofrece irrumpiendo raudo
entre la multitud
para alcanzar la otra punta del pub y tocar a la chica
en el hombro,
tomar aliento. Pero
cada vez que llega a ese punto la imagen se disuelve y vuelve a estar
en su cama mirando los globos que cuelgan del techo.
Lo
ha intentado incontables veces con el mismo resultado.
El
sol se filtra por la ventana tras una noche de intentos infructuosos
y Marco mira al techo, aspirando
profundamente para activar su máquina del tiempo. La
noche de marmota se recrea a su alrededor, la
misma canción, las mismas caras desconocidas y él está cansado, cada intento hace mella en alguna parte del
lugar, el techo del local marcado de grietas ruge como un barco
a la deriva y se hace evidente que no le quedan muchos intentos. Por
primera vez no hace nada, no irrumpe, se vence y la máquina del
tiempo no lo trae de vuelta, le permite permanecer de pié
contemplando la noche sin alterarla. El piensa que quizá
esta vez es
diferente y ha funcionado, quizá puede cambiar las cosas,
pero su intención está mermada ylas
grietas también lo habitan a él, y es que al parecer los viajes en el tiempo pasan factura. Los minutos pasan y no puede,
no quiere, moverse, cambiar nada, la música va quedando en segundo
plano, el murmullo de la gente enmudece
hasta el punto de no poder escuchar a nadie para ver sus bocas moverse
y bailar escenas de cine mudo. Solo se distingue un fino hilo de
música distorsionado, eco, los gemidos del barco que
se hunde. La colección de globos se dirige a la puerta, se detiene
unos segundos antes de atravesarla,
desaparece.
A
partir de
ese momento las luces del techo empiezan a caer, el techo se desploma
como el reino de fantasía sin emperatriz, las botellas irrumpen contra el suelo, el polvo cubre las caras de los presentes, y sin embargo, nadie se da
cuenta, las figuras siguen bailando como si pertenecieran a otro mundo, uno con su emperatriz en el trono. A la derecha sigue inmutable su reflejo del pasado, de otro mundo, mirando la puerta
del bar como quien cree en los retornos cinematográficos. Conmovido con la escena Polo se acerca a él, a si, y el
suelo se parte y los fragmentos de un pasado por colapsar se desploman
como granizo golpeando a nadie más que a él. Con esfuerzo y de rodillas a sus espaldas le declara a su pasado: El
tiempo no espera a nadie.
Antes
de que su reflejo se de la vuelta el estruendo de una explosión lo
ha devuelto a su habitación, estática y en silencio. En ese momento recuerda por
primera vez haber escuchado
esas palabras aquella noche, tiempo atrás, en el bar de la chica de
aire. Mirando al techo descubre que uno de los dos globos ha
explotado. Esa fue la última vez que pudo viajar en el tiempo.
I giorni vengono accumulati come i libri non finiti sul comodino. Il tempo non ha risposte, o i indizi, solo è testimoni dei errori e opportunità persi.
Ha un album pieno di biglietti di treno che non ha preso, e spesso lo rilegge. Come oltre volte accade, lui trova un biglietto di treno per due persone senza destinazione magicamente in tasca, e guarda il suo calendario, un calendario vuoto, alla ricerca di una scusa per non prendere il treno. Ha paura dil cambio como ha paura dei film da orrore, paura come l'arbitro di una partita decisiva, di non essere il compagno di viaggio che vorrebbe essere. Lui è entusiasta di avere un nuovo biglietto in tasca, ma presto trovera una scusa per aggiungere il biglietto dal album senza averlo usato. Poi guarda il calendario in bianco e aspirara sollevato mentre una lacrima, una sola, si suicida.
Siempre se
sienta muy cerca de la pantalla del cine, el horizonte de cabezas le
recuerda que las escenas no se han filmado solo para él y eso es
inadmisible. Él quiere empaparse del aliento de los actores, agarra
muy fuerte la chaqueta doblada a sus rodillas en los momentos de
tensión y responde moviendo los labios a los personajes efocados en
primer plano como si formara parte de la escena. Hace mucho que
prefiere el otro lado del cristal. Este lado nunca está de su lado,
viaja de un lugar a otro buscando una nueva habitación para olvidar
la anterior y todas son estación, pero le vencen las escenas de
miedo, incluso las comedias de terror, no es capaz de imaginar las
cámaras en escena y teme que el malo atraviese la pantalla y vaya a
por él, a por él entre la multitud, el único iluso que no
diferencia los matices de la ficción. Él imagina el
amor en 130 minutos, el principio de dos historias que se cruzan, las
dificultades y malentendidos propios del desenlance con ese final
abierto a interpretación, su interpretación. Los créditos
de cierre le devuelven a un autobus a este lado del cristal:
Polo y
esa chica en la parada del autobús
Música
de Elliott Smith
Cualquier
parecido de los personajes con respecto a la vida real es pura
coincidencia
Never before sheets have felt that warm
and a castle made of cotton have been built without even attempting
it. I could swim all night in those two square meters without
spilling a drop out of the bed, play with your fingers with the
challenge of not waking you up in my game, rolling mines in your hair
and swim it like Michael Phelps, find the end and the start of a body
with the only clue that the belly is the centre.
With the light popping trough the
window been the last call of a train we are not wiling to take, my
eyes feel forced to be closed for first time and I write a manifesto
forbidding the awakening: The anarchy under the sheets, and you say there is no anarchy without law and I would like to explain you that
is not about politics or society but negating the time by containing
our breath, is about tickles and goosebumps, the right of turning the
alarm off and forget what is right as we learn everything about us
using only our fingertips, leaving to the future selves the
responsibility of our actions.
When the morning states that is to late
for such manifesto, I realise there is no place, no time, no
dimension in which we fight to see who is the first to get goosebumps
and I conform myself delaying the time by whispering my reasons to it
with the hope that are not to be listen for anyone else, nor you, not
ever, so that would be end, and night would be end, and you won't be
there.
A veces pasa, y no es su culpa, que
olvida hacia a donde está corriendo o porqué. Siente la tentación
de escuchar otra respiración más por la noche, navegar el pelo y rizar el agua con los dedos, despeinar las sábanas que cambian de frío a cálido a frío con el baile y el tacto que cambia de cálido a cálido a cálido al recorrer una espalda sin sujetador en la que hundir los dedos hasta encontrar el hogar en los hoyuelos de venus.
A veces se
siente solo y otras no le importa el olor de la respiración, la
profundidad de unos ojos, el dibujo de una sonrisa, de cualquier
sonrisa. Cualquier maniquí sin historia cumpliría el papel,
el guión de la película erótica que no entiende de cortejo y
censura los pelos erizados.
A veces se deja llevar por la lasciva
necesidad de someter la
respiración a una maratón ficticia, a perder el habla y decir las
cosas sin pensar y con esfuerzo como las palabras del ciclista que
acaba de cruzar la meta y mira los micrófonos como si la carrera no
hubiera terminado.
El piensa en estas cosas y sin embargo
solo sabe pensarlas, no ha estado ahí ni sabe como montar en
bici. Se siente ignorante e insuficiente, teme no saber complacer a un público y olvida el placer de correr la carrera.
A veces pasa, y no es su culpa, que
olvida que él no es el ciclista y el contacto físico está
reservado a aquellos con el valor de montar en bicicleta. En su
carrera solo él participa, carrera sin trofeo y aplausos pero
también sin sudor y palabras entrecortadas. Es carrera sin
cronómetro y la falta de cronómetro lo único que no puede
concebir, sin saber cuando caduca la espera está tentado a cambiar marea por maniquí.
El piensa en estas cosas pero aun no se ha dejado vencer, sigue siendo público y juez, dueño de los aplausos y el reconocimiento, y se anima, se anima como si fuera tras del oro.
Para él su carrera es más importante
que el calor de la piel bajo la manta, pero a veces se olvida y a
veces ya no le importa.
Siempre que toma la determinación de
abandonar su misantropía y vivir como vive la gente de las ciudades
sin sueño, la noche se olvida de él y él se olvida de la noche y
los dos critican el mañana. Las anécdotas se pisan las unas y todo
es un correr, entrar en bares, coger el metro, perderse en el metro,
conocer amigos de toda la vida de una noche y llamarlos a todos por
el mismo nombre porque las denominaciones pierden sentido en esos
encuentros efímeros. La noche es cine y él no dice nada, se sienta
en la butaca más cercana y deja al mundo hablar, se cuelga a él
como una mochila con la única certeza de que antes de que salga el
sol despertará en un espacio anónimo, lo mirará con ojos de
cámara para retener la imagen de la cama donde no volverá a
despertar, se pondrá las botas y el abrigo y pasará la siguiente
hora o dos volviendo a casa en tren y metro y autobús y La vida, el
universo y todo lo demás de Douglas Adams.