sábado, 27 de julio de 2013

La máquina sin tiempo

Se mira la palma de las manos constantemente pensando que lo de la quiromancia es interpretación de cada uno y uno entiende su propia letra mejor que la de nadie.

Tiene una máquina del tiempo que solo viaja hacia delante y no le está permitido vivir el presente ni deshacer sus errores, solo avanzar. Se dedica a bajar una palanca y viajar días, meses, sacar la cabeza por la puerta de su máquina y volver a entrar no conforme con la fecha. Él odia su máquina, sabe que está desperdiciando su vida dentro de una caja con cables y mecanismos que no termina de entender. Solo quería volver atrás, una oportunidad para decir las palabras que no supo elegir en el momento adecuado, pero cada vez que baja la palanca se aleja más y más.

Se recrea con un viejo diario de su adolescencia donde llenaba páginas de declaraciones y conversaciones ficticias que no se aventuraba a tener de otro modo. En esas páginas siempre habla de encontrar la frase exacta, encontrar las palabras que habría de decir llegado el momento al amor prometido por un cine malinterpretado que no debió ver antes de alcanzar la madurez. Solo habría una oportunidad, una vida un intento, y tenían que ser las palabras exactas. Con el tiempo entendió que quizá no existieran tales palabras y prefirió perder el habla a admitirlo, las encontraría aunque ya fuera demasiado tarde para pronunciarlas. La llamó la chica de las palabras, guardiana de lo que faltaba por decir, y le regaló una pluma para que si él no encontraba las palabras a tiempo, ella pudiera crear las suyas propias.

Ahora cree haber encontrado las palabras adecuadas y ha construido una máquina del tiempo para pronunciarlas antes de que sea demasiado tarde, pero cada vez que baja la palanca se aleja más y más.  


sábado, 6 de julio de 2013

Cerillas sin vértigo

Ahora que estamos en un cruce de caminos bien podríamos acampar aquí, a ver si la mañana nos dibuja una flechita en el horizonte, una idea de por donde hay que ir. Dejamos el mundo donde todo parecía estar en su sitio para buscar algo más, complicarnos para encontrar esos asentamientos que aparecen en las road movies donde están prohibidos los relojes. Recorremos kilómetros de redención en un coche sin luces, el universo encerrado en una carrocería de hierro y cristal, el infinito bajo el asiento del copiloto. Hemos renunciado al mundo de los vivos para encontrar el amor que aparecía prometido en las canciones de nuestro disco duro, y no hacemos más que conducir sin rumbo con ridículas gafas de sol, con cristales demasiado densos como para ver a través de nuestros compañeros de viaje.

Por la noche no podemos vernos, sutilmente un cigarrillo te ilumina cara en cada calada, y se siente como si ya no quisiera seguir buscando.

Entonces las cerillas se alzan hacia arriba.

Siempre he querido saber cómo haces eso.