Abre los ojos por la mañana para volver a cerrarlos poco después, esperando que la mañana no sea mañana y la luz blanca que se filtra por el leve espacio entre las cortinas esté teñida de ocre, anunciando las últimas horas de la tarde. Si bien le gusta revolcarse entre las mantas y estirar las estremidades ocupando toda la cama, estirar el tiempo hasta ser insomne, otras veces la mañana no es para él y se contrae como si estuviera deshaciendo el ritual, ocupando el espacio mínimo con las rodillas entre sus brazos en un ovillo. En esos días su pié toca suelo cuando no queda mañana y la noche toca suelo con él.
En esas horas en las que nada importa lo mismo, la noche hace un pacto con él ofreciendo los atractivos que solo le atraen cuando se despierta tan tarde, olvidando si su nombre es Polo o el progreso de la búsqueda.
"Eres demasiado mayor para ser tan tímido" le susurran los individuos de la noche... no, espera, no le susurraron eso, esa noche nadie le dijo nada, contempló las figuras femeninas en los locales nocturnos como quien contempla una colección de trofeos de un deporte del cual no tiene la más minima predilección y volvió a casa, volvió a su cama, preguntándose si mañana habría mañana.
Él tiene una ciudad para cuando
está a solas, una para él y nadie más. La ha construido poco a
poco juntando lugares de su memoria: sus calles favoritas, una orilla
al mar donde siempre es la misma noche o el jardín al que se
escapaba durante las asignaturas más tediosas.
Sus paisajes son mementos de un
pasado agradable de recordar y escondiendo en laberintos aquel pasado
seleccionado para ser dejado atrás salta a través de ventanas para
moverse de un mundo a otro, pues cada ventana da a un lugar
diferente, una persona diferente, aquella canción, el aroma de una
habitación desordenada. Sin embargo con el tiempo moverse
a través de la memoria no fue suficiente y la repetición de los
escenarios menoscababa como la cinta de video que se deteriora con
cada reproducción.
Fue entonces cuando empezó a
inventar nuevas ventanas, visitar nuevos mundos al otro lado del
cristal sacados de la imaginación y no la memoria para dejar de ser
residente de su ciudad y ser el constructor, arquitecto de sus
historias, un viajero entre espejos. Pero su inventiva tenía
voluntad propia y no podía crear el mundo al otro lado de cada
ventana, solo construirla.
Y así la imaginación se volvió
búsqueda y la búsqueda obsesión, encontraría una ventana que
contenía todo lo demás, la esencia de realidad, una donde las
palabras no tergiversan el amor y la música es banda sonora al ritmo
de latidos, besos al ritmo de latidos, sexo al ritmo de latidos, latidos al ritmo de sus latidos. Quizá o por una corazonada una
ventana con vistas poco favorecidas de Venecia.