martes, 21 de enero de 2014

Rocco Siffredi es siempre otro

A veces pasa, y no es su culpa, que olvida hacia a donde está corriendo o porqué. Siente la tentación de escuchar otra respiración más por la noche, navegar el pelo y rizar el agua con los dedos, despeinar las sábanas que cambian de frío a cálido a frío con el baile y el tacto que cambia de cálido a cálido a cálido al recorrer una espalda sin sujetador en la que hundir los dedos hasta encontrar el hogar en los hoyuelos de venus.

A veces se siente solo y otras no le importa el olor de la respiración, la profundidad de unos ojos, el dibujo de una sonrisa, de cualquier sonrisa. Cualquier maniquí sin historia cumpliría el papel, el guión de la película erótica que no entiende de cortejo y censura los pelos erizados.

A veces se deja llevar por la lasciva necesidad de someter la respiración a una maratón ficticia, a perder el habla y decir las cosas sin pensar y con esfuerzo como las palabras del ciclista que acaba de cruzar la meta y mira los micrófonos como si la carrera no hubiera terminado.

El piensa en estas cosas y sin embargo solo sabe pensarlas, no ha estado ahí ni sabe como montar en bici. Se siente ignorante e insuficiente, teme no saber complacer a un público y olvida el placer de correr la carrera.

A veces pasa, y no es su culpa, que olvida que él no es el ciclista y el contacto físico está reservado a aquellos con el valor de montar en bicicleta. En su carrera solo él participa, carrera sin trofeo y aplausos pero también sin sudor y palabras entrecortadas. Es carrera sin cronómetro y la falta de cronómetro lo único que no puede concebir, sin saber cuando caduca la espera está tentado a cambiar marea por maniquí.

El piensa en estas cosas pero aun no se ha dejado vencer, sigue siendo público y juez, dueño de los aplausos y el reconocimiento, y se anima, se anima como si fuera tras del oro.

Para él su carrera es más importante que el calor de la piel bajo la manta, pero a veces se olvida y a veces ya no le importa.  


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