viernes, 15 de agosto de 2014

Anarquía sobre la manta

Dibuja con el dedo figuras en la espalda desnuda de la mujer que está sentada junto a él en la cama. Es su ritual, una proposición de intenciones.

No le gusta el sexo en el sentido pragmático de la palabra pero le atrae la idea de subyugar a otro ser humano, dominar algo libre sin clausurar su libertad, la posesión consentida de un cuerpo y sus espasmos y sonidos y fluidos y pupilas y nada más. No le excita sentir el interior de otro cuerpo con su polla, no le excita beber del sexo húmedo de una mujer que se estira y contrae en la cama como si estuviera bailando ballet; le excita provocar el descontrol de los sentidos de su acompañante, ser el guardián de sus sensaciones más privadas y escuchar decir que no y hacer caso omiso, escuchar la falta de aire y aferrarse al sexo más violentamente, sentir las uñas hundirse en los hombros, un murmullo incomprensible, un grito, contemplar la figura del cuerpo que se arquea de la tensión como si la columna quisiera crear un monte con el ombligo en la cúspide. Lo que en realidad le gusta es decidir cuando es el momento de detenerse y nunca ha experimentado poder más satisfactorio.

Si bien siempre ha detestado someter la libertad de otro ser humano, ha encontrado en la posesión de un cuerpo que quiere ser poseído la máxima expresión de libertad, la anarquía sobre la manta al precio de lavar luego las sábanas.


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