Siempre que toma la determinación de
abandonar su misantropía y vivir como vive la gente de las ciudades
sin sueño, la noche se olvida de él y él se olvida de la noche y
los dos critican el mañana. Las anécdotas se pisan las unas y todo
es un correr, entrar en bares, coger el metro, perderse en el metro,
conocer amigos de toda la vida de una noche y llamarlos a todos por
el mismo nombre porque las denominaciones pierden sentido en esos
encuentros efímeros. La noche es cine y él no dice nada, se sienta
en la butaca más cercana y deja al mundo hablar, se cuelga a él
como una mochila con la única certeza de que antes de que salga el
sol despertará en un espacio anónimo, lo mirará con ojos de
cámara para retener la imagen de la cama donde no volverá a
despertar, se pondrá las botas y el abrigo y pasará la siguiente
hora o dos volviendo a casa en tren y metro y autobús y La vida, el
universo y todo lo demás de Douglas Adams.
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