No puedo negar el placer con el que me voy a vivir dentro de las historias que invento, sobretodo esa en la que estás y me dices que soy cruel contigo, una mala persona. En la que me miras con rabia, me agarras con fuerza la camisa y me sueltas un botón, uno sólo, para ver como vuelvo a atarlo mientras te digo que lo sé. Nunca nos acostumbramos a besarnos, a ti te gustaba más frotar tu nariz en mi barba y a mi apoyar mis labios sobre tu pelo. Por las mañanas te pedía que te quedaras un poco más, sólo doscientos latidos, que yo me encargaría de contarlos y tu me agarrabas fuerte para latir más deprisa y así no llegar tarde a clase. Nos gustaba insultarnos, como se insultan los niños en el colegio, tu me decías malo y yo te decía tonta y en las despedidas no decíamos nada. Yo era siempre el primero en darse la vuelta y tú esperabas unos segundos más antes de dar la tuya. Se que los dos girábamos al menos la cabeza una vez antes de doblar la esquina, pero nunca conseguimos coincidir al mismo tiempo. Si alguna vez nos encontrábamos en la calle continuábamos caminando como si no nos conociéramos, ya no nos gustaban tanto las casualidades, por eso a menudo llevado por el deseo callado de enfrentarte correctamente te enviaba un mensaje de texto con el nombre de una cafetería, sólo el nombre sin hora ni declaración de intenciones, para esperar allí a que aparecieras o no aparecieras. Muchas veces al llegar a la cafetería te sentabas en la mesa de al lado sin dirigirme la mirada y te ponías a leer, te gustaba que me acercara movido por el interés lascivo de la curiosidad, para comprobar si aun soy capaz de enamorarte con palabras. Dependiendo de ellas me podías decir seriamente que no me conocías, que te dejara tranquila y otras no te podías aguantar la risa y me besabas mientras soltaba mi discurso de chico interesante flirtea con solitaria desconocida. Nos gustaba jugar a conocernos de nuevo, tu te presentabas como la Maga y yo te llamaba Pola para hacerte rabiar. En cambio yo te daba nombres sacados de series de dibujos animados para sentirnos ridículos cuando me dijeras Goku o Garfield en los momentos de mayor seriedad. Sólo entonces, cuando jugábamos a no ser nosotros, te atrevías a decirme te quiero, a besarme como hacen las personas normales, a no insultarnos.
Algún día viviremos en París y puede que tengas los ojos azules, al fin y al cabo es mi historia y no te pediré permiso. Quizá por eso siempre me dices mala persona.
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