sábado, 21 de diciembre de 2013

Sobre reinos y palabras

La mirada de un niño en una película de poco interés, un pasatiempo nocturno, engaña a la memoria y pone en escena recuerdos de otra mirada que daba por olvidada, mementos que derriban castillos de arena que fingían ser fortalezas de acero.

Él había levantado un reino juntando palabras y habitado por palabras, inventado las reglas y ocultado las trampas, dueño de todas las llaves y guardián de los recuerdos encerrados en habitaciones sin puertas ni ventanas.

Dirige un reino de palabras pero no es dueño de ellas, y a veces hay revoluciones. Algunas palabras, más revolucionarias que otras, atentaban con abrir las cámaras donde estaban encerrados los recuerdos reprimidos y fueron exiliadas para mantener el statu quo de su creación. Pero las palabras no solo habitaban, eran reino, cada ladrillo y cada peldaño. Cuantas más palabras exiliaba para proteger la integridad de su obra más vacíos aparecían, las habitaciones prohibidas ya no estaban selladas y los edificios empezaron a colapsar porque unas palabras pesan más que otras y sobre las más conflictivas descansaban los mayores significados.

Su reino se deshace con agua salada que gotea desde arriba (ignorando porqué o de donde ha salido), la tinta de las paredes corre calle abajo, riachuelos entintados de azul fluyen con palabras mezcladas, con significados aleatorios que se crean y destruyen constantemente, y a veces, durante un instante, una concatenación de palabras se hace manifiesto, uno para el que él no está preparado y el goteo de agua salada se hace tormenta y él se deshace junto a su reino en decadencia, liberando los recuerdos de las estancias clausuradas: La escena de aquella película, una mirada capicúa, la imagen de una ciudad a lo lejos. 



viernes, 13 de diciembre de 2013

Arquitecto y constructor

La habitación resembla un estudio fotográfico casero, con innumerables páginas de libros tendidas en cuerdas que son puentes colgantes uniendo vértices de un cuarto. Hay estanterías llenas de esculturas de papel impreso, algunas con una forma definida y otras maltratadas, como montañas de papel arrugado con tinta derramada deliberadamente con la intención de estropear el contenido. Cada una de ellas tiene al pié el título de la obra homónima al libro con la que ha sido creada, un fragmento de la portada arrancado a mano y con el perfil irregular, la incepción de esa distorsión.

Es el lector el que construye la metamorfosis unilateralmente, autor arquitecto y lector constructor, lector que quiere ser autor de su visión de la obra.

En uno de los estantes hay una caja, un pequeño baúl empapelado con letra escrita a mano a bolígrafo azul, tiras de papel desgarradas pegadas la una sobre la otra con la anchura suficiente para no descifrar el texto, solo palabras. En la parte superior hay dibujado con el mismo bolígrafo azul una cerradura, un dibujo posterior al ensamblado de las tiras de papel que deniega todo intento de abrir la caja, ese cofre del tesoro de piel manuscrita o ese recuerdo encarcelado protegido por un conjuro de trazado azul amor llave. En su interior se encuentra lo que no puede deformar, una metamorfosis que no corresponde a él construir, porque dentro de esa caja es autor arquitecto y fuera de ella lector constructor.


Encerrado un libro se titula Inventaventanas.