La mirada de un niño en una película
de poco interés, un pasatiempo nocturno, engaña a la memoria y pone
en escena recuerdos de otra mirada que daba por olvidada, mementos que
derriban castillos de arena que fingían ser fortalezas de acero.
Él había levantado un reino juntando
palabras y habitado por palabras, inventado las reglas y ocultado las
trampas, dueño de todas las llaves y guardián de los recuerdos
encerrados en habitaciones sin puertas ni ventanas.
Dirige un reino de palabras pero no es
dueño de ellas, y a veces hay revoluciones. Algunas palabras, más
revolucionarias que otras, atentaban con abrir las cámaras donde estaban encerrados los recuerdos reprimidos y fueron exiliadas para mantener el statu quo de
su creación. Pero
las palabras no solo habitaban, eran reino, cada ladrillo y cada
peldaño. Cuantas más palabras exiliaba para proteger la integridad
de su obra más vacíos aparecían, las habitaciones prohibidas ya no
estaban selladas y los edificios empezaron a colapsar porque
unas palabras pesan más que otras y sobre las más conflictivas descansaban los mayores significados.
Su reino se deshace con agua salada que
gotea desde arriba (ignorando porqué o de donde ha salido), la tinta
de las paredes corre calle abajo, riachuelos entintados de azul
fluyen con palabras mezcladas, con significados aleatorios que se
crean y destruyen constantemente, y a veces, durante un instante,
una concatenación de palabras se hace manifiesto, uno para el que él
no está preparado y el goteo de agua salada se hace tormenta y él
se deshace junto a su reino en decadencia, liberando los recuerdos
de las estancias clausuradas: La escena de aquella película, una
mirada capicúa, la imagen de una ciudad a lo lejos.