domingo, 14 de septiembre de 2014

Las limitaciones del video-casete

Él tiene una ciudad para cuando está a solas, una para él y nadie más. La ha construido poco a poco juntando lugares de su memoria: sus calles favoritas, una orilla al mar donde siempre es la misma noche o el jardín al que se escapaba durante las asignaturas más tediosas.

Sus paisajes son mementos de un pasado agradable de recordar y escondiendo en laberintos aquel pasado seleccionado para ser dejado atrás salta a través de ventanas para moverse de un mundo a otro, pues cada ventana da a un lugar diferente, una persona diferente, aquella canción, el aroma de una habitación desordenada. 
Sin embargo con el tiempo moverse a través de la memoria no fue suficiente y la repetición de los escenarios menoscababa como la cinta de video que se deteriora con cada reproducción.

Fue entonces cuando empezó a inventar nuevas ventanas, visitar nuevos mundos al otro lado del cristal sacados de la imaginación y no la memoria para dejar de ser residente de su ciudad y ser el constructor, arquitecto de sus historias, un viajero entre espejos. Pero su inventiva tenía voluntad propia y no podía crear el mundo al otro lado de cada ventana, solo construirla.


Y así la imaginación se volvió búsqueda y la búsqueda obsesión, encontraría una ventana que contenía todo lo demás, la esencia de realidad, una donde las palabras no tergiversan el amor y la música es banda sonora al ritmo de latidos, besos al ritmo de latidos, sexo al ritmo de latidos, latidos al ritmo de sus latidos.

Quizá o por una corazonada una ventana con vistas poco favorecidas de Venecia.



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