La atracción por las cosas que no entiende a menudo lo transporta a lugares donde no está seguro si quiere ir y sin embargo se deja orbitar sin oponer resistencia alrededor de los seres imantados con la expectativa de aprender algo nuevo, descubrir una nueva razón, experimentar el amor de la forma menos convencional, y menos amor. Le gusta jugar sin establecer las reglas a priori, bailar el agua a quien baila bajo el agua, dejando que las palabras hablen por él, o no, que las miradas hablen por el, o no, que el tacto hable por los dos y quizá, no, solo quizá las palabras y los gestos formen parte del baile, del juego de niños que quieren conocerse sin mostrar todas las cartas.
Los ojos que se posan en él hunden los cimientos sobre los que ha construido su vigor, lo deshacen como chocolate fundido, suscitan la oblicuidad derrocando el derecho a defenderse de una mirada como quien defiende una idea, el derecho a crear una idea, un nuevo concepto, el tipo de amor entre personas que no están enamoradas.
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