A veces ocurre
al fijarse en las caras de los anónimos que transitan en metro o
caminan cabizbajos entre la multitud que una o varias palabras se
alzan sobre el murmullo sin ser pronunciadas, como un acto de
aprobación o un saludo respetuoso. Cuando esto ocurre él siente
como si no estuviera solo en su búsqueda, un reencuentro con otro
Marco Polo tras su Santo Grial, quizá uno que no es una ciudad, una
palabra o una vista tras el cristal.
Se pregunta
cual es el Santo Grial de los otros Marco Polo, duda que ellos sean
tan vanidosos como para llamarse así mismos así, como él hace,
pero puede ver la búsqueda en sus ojos. No ocurre muy a menudo pero
a veces encuentra transeúntes que miran a su alrededor buscando algo
y los llama viajeros.
Los ha agrupado
en tres grupos, con frecuencia, pero no necesariamente, relacionados
con la edad. Hay chicos y chicas que miran a su alrededor con
entusiasmo, escuchando música en sus auriculares, un cuaderno en la
mano o jugando con los dedos. Ellos no se suelen dar cuenta de la
presencia de Polo y la mirada de reconocimiento no se devuelve, pero
aun así no duda de esa búsqueda que delatan los ojos que no se
posan en nada en particular.
Otras veces se
encuentra otros viajeros con la expresión de quien prefiere vivir en
un recuerdo o ha inventado uno para si mismo, pero a diferencia de
los anteriores estos enseguida se percatan de la presencia de Polo y
se miran con entendimiento y empatía. Polo siempre les desea buena
fortuna, en una de esas frases que no se pronuncian, con la confianza
de que les llegue tan claro como él escucha sus himnos a aquel que
busca.
Pero luego,
raras veces, normalmente viajeros de avanzada edad, lo miran y lo
hacen sentir iluso y perdido. Su mirar cansado le inspira pena, hacia
él, lástima hacia él. Le gustaría saber que piensan, porqué los
ojos se apiadan como si supieran el final de todas las historias. Se
pregunta porqué hay viajeros en esa etapa de la vida, porqué no han
encontrado lo que buscaban, o ese caso, porqué no han abandonado la
búsqueda.
Estos
pensamientos le llevan a vacilar en su propia búsqueda, el miedo le
cala en los huesos y tiene el impulso de detener a uno de esos viejos
viajeros para cuestionarles si valió la pena, si la sigue valiendo,
con la confianza de que no tendrá que darles más explicación que
esa, habiendo dejado el resto de la conversación escrita en esa
primera mirada de complicidad.
Plantearse la
búsqueda es algo que no sabe como llevar, no debería de ser
complicado pensar sobre ello, no ser Marco Polo, o un Marco Polo. De
igual manera no sabe como describir la búsqueda y escribe
incontables páginas en un diario retratando su Santo Grial sin la
ligera idea de qué se trata. ¿Es acaso una mujer?. Él espera que
sea una mujer. Se pregunta si puede una mujer ser ciudad, ser
palabra, ser una vista tras una ventana con cortinas de lunares.
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