viernes, 16 de mayo de 2014

Los otros viajeros

A veces ocurre al fijarse en las caras de los anónimos que transitan en metro o caminan cabizbajos entre la multitud que una o varias palabras se alzan sobre el murmullo sin ser pronunciadas, como un acto de aprobación o un saludo respetuoso. Cuando esto ocurre él siente como si no estuviera solo en su búsqueda, un reencuentro con otro Marco Polo tras su Santo Grial, quizá uno que no es una ciudad, una palabra o una vista tras el cristal.

Se pregunta cual es el Santo Grial de los otros Marco Polo, duda que ellos sean tan vanidosos como para llamarse así mismos así, como él hace, pero puede ver la búsqueda en sus ojos. No ocurre muy a menudo pero a veces encuentra transeúntes que miran a su alrededor buscando algo y los llama viajeros.

Los ha agrupado en tres grupos, con frecuencia, pero no necesariamente, relacionados con la edad. Hay chicos y chicas que miran a su alrededor con entusiasmo, escuchando música en sus auriculares, un cuaderno en la mano o jugando con los dedos. Ellos no se suelen dar cuenta de la presencia de Polo y la mirada de reconocimiento no se devuelve, pero aun así no duda de esa búsqueda que delatan los ojos que no se posan en nada en particular.

Otras veces se encuentra otros viajeros con la expresión de quien prefiere vivir en un recuerdo o ha inventado uno para si mismo, pero a diferencia de los anteriores estos enseguida se percatan de la presencia de Polo y se miran con entendimiento y empatía. Polo siempre les desea buena fortuna, en una de esas frases que no se pronuncian, con la confianza de que les llegue tan claro como él escucha sus himnos a aquel que busca.

Pero luego, raras veces, normalmente viajeros de avanzada edad, lo miran y lo hacen sentir iluso y perdido. Su mirar cansado le inspira pena, hacia él, lástima hacia él. Le gustaría saber que piensan, porqué los ojos se apiadan como si supieran el final de todas las historias. Se pregunta porqué hay viajeros en esa etapa de la vida, porqué no han encontrado lo que buscaban, o ese caso, porqué no han abandonado la búsqueda.

Estos pensamientos le llevan a vacilar en su propia búsqueda, el miedo le cala en los huesos y tiene el impulso de detener a uno de esos viejos viajeros para cuestionarles si valió la pena, si la sigue valiendo, con la confianza de que no tendrá que darles más explicación que esa, habiendo dejado el resto de la conversación escrita en esa primera mirada de complicidad.

Plantearse la búsqueda es algo que no sabe como llevar, no debería de ser complicado pensar sobre ello, no ser Marco Polo, o un Marco Polo. De igual manera no sabe como describir la búsqueda y escribe incontables páginas en un diario retratando su Santo Grial sin la ligera idea de qué se trata. ¿Es acaso una mujer?. Él espera que sea una mujer. Se pregunta si puede una mujer ser ciudad, ser palabra, ser una vista tras una ventana con cortinas de lunares.


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