Polo lleva un reloj tatuado que siempre marca la misma hora, es paradigma de la deshora, el despropósito de las intenciones. A lo largo de sus viajes ha conocido más de una sonrisa en la orilla y las ha dejado todas para cuando hubiera concluido su periplo, estúpido de él procrastina el amor como quien abandona los deberes del colegio al último día y pone fechas sin término a las declaraciones para nunca afrontarse a ellas. Lleva recuerdos de todos sus amores ininteligibles para no olvidar que tiene puertos a los que regresar, pero nunca regresa y sus totems solo le recuerdan que es un cobarde.
Ahora no sabe que hacer con el collar que conservaba para la vendedora de caracolas, símbolo espiral de que no la había olvidado. Para cuando volvió a buscarla la espera se la había llevado de la orilla.