En su interior habita un reloj con una bailarina de porcelana que olvida que es cristal piedra y baila con la fluidez de una lámpara volcánica cuando se cumplen los requisitos que él, caparazón de piel y trajes de clochard, ha escrito en una de sus listas.
A decir verdad tiene listas para todo, algunas más ordinarias como sus propósitos de año nuevo, la recopilación del cine que le ha hecho llorar o las canciones que invitan al bello a salir de la piel; y otras listas quizá más extravagantes pero igualmente necesarias como las revoluciones para después de una caída, los posibles que no fueron posibles, su colección de momentos apolíneos o los rasgos que le cautiva encontrar en una mujer; y es en esos rasgos donde el cumplimiento de los requisitos se hace manifiesto, la destrucción es un mal menor y hay que desenfundar con sutileza el bolígrafo para la próxima enumeración de revoluciones tras una caída.
Cada cierto tiempo una enumeración de rasgos se verán agrupados en una sola sonrisa y él no podrá contener el impulso de redactar el manifiesto resultante para después olvidarlo y dejar la responsabilidad y el peso al papel, convertir idea en recuerdo, la sonrisa que equivalía mil páginas escrita en unas pocas líneas sobre listas y un reloj.
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