domingo, 21 de octubre de 2012

Relojes mojados

Vamos a detener el suicidio de las gotas de agua sólo con mirarnos, secar las baldosas que pisamos saltando de dos en dos, siempre las del mismo color y voy a dejar que seas tú quien pise las de color amarillo. Las agujas del reloj apuntarán hacia nosotros y no habrá tiempo, nunca, seremos públicamente marginados por matar al tiempo, detenerlo una noche y no volver a dejarlo latir. Vamos a detener todo a nuestro paso, nuestra respiración, ser fotografía y cristal, capturar cada momento perfecto y empapelar las paredes con ellos, dejando un un trozo para ver a través de la ventana y saber cuando el mundo empieza a girar de nuevo, cuando tenemos que recuperar nuestra vida de despertador.
Fuera está lloviendo y no hay nadie aquí para detener el suicidio de las gotas de agua.



lunes, 15 de octubre de 2012

Casualidades

Dejamos la ventana cerrada y la persiana a medio bajar, lo justo para que los lunares dorados se filtren y pinten la habitación, para ver sin ver, a tientas. Siempre quise tener grandes colecciones de pequeñas cosas a las que nadie diera importancia, guardo cada detalle que encuentro por la calle en mi bolsillo, le niego su instrascendencia y pienso que ese trozo de papel es uno de los trozos en los que se convirtió una infructuosa carta de amor, quizá el pellizco en una entrada por un empleado de cine. Ahora colecciono errores, los reparto cuidadosamente por el suelo para poder verlos con perspectiva y dibujo una casualidad con ellos, una bonita, una por la que merezca la pena tener las rodillas raspadas.
Podría contar mi vida uniendo errores.




lunes, 1 de octubre de 2012

Lebenslangerschicksalsschatz

Los caminos no atravesados se llenan de hojas y acabas con el mar en los calcetines, empapados de lágrimas de caracola los pasos se vuelven pesados y acabas decidiendo que es mejor emprender el viaje descalzo, con fe en que los cantos afilados se encuentran en otros caminos, esos donde no llueve y las alfombras de hojas están roídas por el paso de los transeúntes que no miran al suelo.
Yo siempre miro al suelo y poso el pie sobre las baldosas del mismo color, soy así de desconfiado. Quizá por eso no me doy cuenta de las personas con las que me cruzo y me encontraba recogiendo guijarros cuando una chica también descalza pasó a mi lado. Ella miraba las nubes, habría sido imposible encontrarnos.