domingo, 29 de septiembre de 2013

Salitre

Me derrotó la atracción desmedida que me causan los vestidos de lunares, lunares que son lunas llenas donde yo soy marea.

La chica tenía una sonrisa incapaz de mentir y la mirada de quien está abriendo un regalo de cumpleaños (diecinueve). Ella giraba a cámara lenta agarrada a una colección de globos de colores que la alzaban a varios centímetros del suelo y yo no podía sino orbitar a su alrededor y ser esclavo de su gravedad sin oponer resitencia. La velocidad angular liberó vahídas las palabras que olvidaron con el vértigo que lo que yo intentaba decir era que nunca una sonrisa había declarado la guerra a cada bello de mi cuerpo con tan poca diplomacia y sin tregua y ahora ellos amenazaban con permanecer erizados hasta que consiguiera su teléfono o despelusarme en el intento.

La chica imantada desapareció entre la multitud sin dejar que fuera la mañana quien desvaneciera los cuerpos celestes de su vestido y yo me quedé desorientado en Salitre, contemplando un cielo de madrugada sin estrellas ni lunares, una carta en la que depositar las palabras adecuadas sin poder escribir la dirección de envío.




martes, 17 de septiembre de 2013

La retirada

Decora su retirada con pretextos de emigración estacional, pero lo que le acobarda es despertarse cada mañana en el mismo sofá para enfrentarse al espejo, que indiferente a lo frágil que se siente uno sosteniendo un cepillo de dientes, se empaña recordando cada una de sus decisiones. Ha empezado las despedidas con meses de antelación porque no confía en la determinación de alejarse y sabe que no tiene el orgullo para volver una vez se ha despedido. Ata los cordones una vez tras otra porque siempre se tropieza con ellos y sale a correr mirando hacia atrás, sin prestar atención a si los pies se definen sobre las baldosas amarillas, a riesgo de tocar lava y perder el juego, perderse y olvidar el juego, encontrar los lazos pero no el regalo.

Simplemente vivir se siente como una espera, como repetir curso, el reencuentro de los rostros y la reiteración de los errores. La desidia trepa por las raíces de sus pies y cada día se entierra un poco más en la arena. Por las noches cuando sube la marea los ojos se le llenan de sal y es incapaz de enjuagarlos, los recuerdos laten muy deprisa en su cabeza y se le ha detenido el corazón de no usarlo.


Una vez leyó que una retirada a tiempo es una victoria y conoce de buena mano que la huida tiene pena pero no gloria.