Me derrotó la atracción desmedida que
me causan los vestidos de lunares, lunares que son lunas llenas donde yo soy marea.
La chica tenía una sonrisa incapaz de mentir y la mirada de quien está abriendo un regalo de cumpleaños (diecinueve). Ella giraba a cámara lenta agarrada a una colección de globos de colores que la alzaban a varios centímetros del suelo y yo no podía sino orbitar a su alrededor y ser esclavo de su gravedad sin oponer resitencia. La velocidad angular liberó vahídas las palabras que olvidaron con el vértigo que lo que yo intentaba decir era que nunca una sonrisa había declarado la guerra a cada bello de mi cuerpo con tan poca diplomacia y sin tregua y ahora ellos amenazaban con permanecer erizados hasta que consiguiera su teléfono o despelusarme en el intento.
La chica tenía una sonrisa incapaz de mentir y la mirada de quien está abriendo un regalo de cumpleaños (diecinueve). Ella giraba a cámara lenta agarrada a una colección de globos de colores que la alzaban a varios centímetros del suelo y yo no podía sino orbitar a su alrededor y ser esclavo de su gravedad sin oponer resitencia. La velocidad angular liberó vahídas las palabras que olvidaron con el vértigo que lo que yo intentaba decir era que nunca una sonrisa había declarado la guerra a cada bello de mi cuerpo con tan poca diplomacia y sin tregua y ahora ellos amenazaban con permanecer erizados hasta que consiguiera su teléfono o despelusarme en el intento.
La chica imantada desapareció entre la
multitud sin dejar que fuera la mañana quien desvaneciera los
cuerpos celestes de su vestido y yo me quedé desorientado en
Salitre, contemplando un cielo de madrugada sin estrellas ni lunares, una carta en la que depositar las palabras adecuadas sin poder escribir la dirección de envío.