viernes, 9 de marzo de 2012

Inventaventanas


He llegado hasta aquí sin ayuda y no tengo aliento para deshacer el camino, ahora que estamos a micras de la meta y se siente como el tacto a la franela que no se deja tocar de verdad, como intentar interactuar con el rocío al otro lado de la ventana apretando fuerte el cristal hasta deslizar la mano: sin cortes, sin quebrarlo. Tengo las palabras en la punta de la lengua y la tinta a flor de piel, bastaría una intención para rezumar todas las letras, sacar a relucir cada parte y echarlo todo a perder en un sólo texto, declarar lo que siento sin malgastar papel. Y parece que este es el momento, la chica de las palabras nunca dijo las palabras que esculpía al mirar y ahora no puedo mirar al frente al tiempo que miro atrás, seguir escribiendo pistas invisibles para delegar el poder a las casualidades, enviar cartas a todas mis catástrofes y firmar que son para Pola, para confundir al cartero y que nunca te las haga llegar. Siempre quise encontrar una ventana a tu habitación desde la que gritar que eres la guardiana de las palabras que me faltaban por decir; y que tu nombre es Irene.

Al llegar a este punto Kublai Kan espera que Marco Polo hable de Irene tal como se la ve desde adentro. Y Marco no puede hacerlo: qué es la ciudad que los del altiplano llaman Irene, no ha conseguido saberlo; por lo demás poco importa: si se la viera estando en medio sería otra ciudad; Irene es un nombre de ciudad a lo lejos, y si uno se acerca, cambia. La ciudad es una para el que pasa sin entrar, y otra para el que está preso en ella y no sale; una es la ciudad a la que se llega la primera vez, otra la que se deja para no volver; cada una merece un nombre diferente; quizá de Irene he hablado ya bajo otros nombres; quizás no he hablado sino de Irene.


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