Ha tomado muchas decisiones
últimamente, todas acertadas porque ya no existen las decisiones no
acertadas, sabe que todas las decisiones no acertadas le acerarían a
ti. En realidad solo ha cambiado el concepto de acertado por el de no
acertado para no sentirse mal al evitarte, huir de los bares en los
que podría encontrarte, no asistir a las sesiones de cine que te
gustan. Vive en una ciudad que lleva tu nombre y cuando se acerca cambia
y cuando se aleja también; se transforma, se traslada y esconde las
señalizaciones para que no pueda escapar de ella, para habitarla sin
saberlo, habitarte y tu habitarle a él. Ciudad capicúa no importa
por donde se lea y desde que parte se observe, como se ordenen sus
letras y sus gestos, las intenciones o el aroma; sigue siendo ella,
tan ella y tan propio, guardiana de sus propias llaves, aduana en sus
fronteras, laberinto de sus calles y sin embargo deja que él la
habite sin dejar que él lo sepa, se compadece del viajero con
heridas en los pies y hace crecer la hierba a su paso impregnada de
rocío y olor a mañana de domingo para cuidar de su caminar cansado.
Él no entiende el amor llave porque
siempre ha creído en un amor sin puertas, un amor de ventanas y
vértigo, amor de 35 mm, amor papel, amor impar. Pero sin pretenderlo
es amor unilateral y tiene los ojos húmedos para llevar el olor del
mar consigo, eso también lo hace sin pretenderlo.
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