sábado, 21 de diciembre de 2013

Sobre reinos y palabras

La mirada de un niño en una película de poco interés, un pasatiempo nocturno, engaña a la memoria y pone en escena recuerdos de otra mirada que daba por olvidada, mementos que derriban castillos de arena que fingían ser fortalezas de acero.

Él había levantado un reino juntando palabras y habitado por palabras, inventado las reglas y ocultado las trampas, dueño de todas las llaves y guardián de los recuerdos encerrados en habitaciones sin puertas ni ventanas.

Dirige un reino de palabras pero no es dueño de ellas, y a veces hay revoluciones. Algunas palabras, más revolucionarias que otras, atentaban con abrir las cámaras donde estaban encerrados los recuerdos reprimidos y fueron exiliadas para mantener el statu quo de su creación. Pero las palabras no solo habitaban, eran reino, cada ladrillo y cada peldaño. Cuantas más palabras exiliaba para proteger la integridad de su obra más vacíos aparecían, las habitaciones prohibidas ya no estaban selladas y los edificios empezaron a colapsar porque unas palabras pesan más que otras y sobre las más conflictivas descansaban los mayores significados.

Su reino se deshace con agua salada que gotea desde arriba (ignorando porqué o de donde ha salido), la tinta de las paredes corre calle abajo, riachuelos entintados de azul fluyen con palabras mezcladas, con significados aleatorios que se crean y destruyen constantemente, y a veces, durante un instante, una concatenación de palabras se hace manifiesto, uno para el que él no está preparado y el goteo de agua salada se hace tormenta y él se deshace junto a su reino en decadencia, liberando los recuerdos de las estancias clausuradas: La escena de aquella película, una mirada capicúa, la imagen de una ciudad a lo lejos. 



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