La habitación resembla un estudio fotográfico casero, con innumerables páginas de libros tendidas en
cuerdas que son puentes colgantes uniendo vértices de un cuarto. Hay estanterías llenas de
esculturas de papel impreso, algunas con una forma definida y otras
maltratadas, como montañas de papel arrugado con tinta derramada
deliberadamente con la intención de estropear el contenido. Cada una
de ellas tiene al pié el título de la obra homónima al libro con
la que ha sido creada, un fragmento de la portada arrancado a mano y
con el perfil irregular, la incepción de esa distorsión.
Es el lector el que construye la
metamorfosis unilateralmente, autor arquitecto y lector constructor,
lector que quiere ser autor de su visión de la obra.
En uno de los estantes hay una caja, un
pequeño baúl empapelado con letra escrita a mano a
bolígrafo azul, tiras de papel desgarradas pegadas la una sobre la
otra con la anchura suficiente para no descifrar el texto, solo
palabras. En la parte superior hay dibujado con el mismo bolígrafo
azul una cerradura, un dibujo posterior al ensamblado de las tiras de
papel que deniega todo intento de abrir la caja, ese cofre del tesoro
de piel manuscrita o ese recuerdo encarcelado protegido por un
conjuro de trazado azul amor llave. En su interior se encuentra lo que no puede deformar, una metamorfosis que no
corresponde a él construir, porque dentro de esa caja es autor
arquitecto y fuera de ella lector constructor.
Encerrado un libro se titula
Inventaventanas.
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