Ahora que estamos en un cruce de
caminos bien podríamos acampar aquí, a ver si la mañana nos dibuja
una flechita en el horizonte, una idea de por donde hay que ir.
Dejamos el mundo donde todo parecía estar en su sitio para buscar
algo más, complicarnos para encontrar esos asentamientos que
aparecen en las road movies donde están prohibidos los
relojes. Recorremos kilómetros de redención en un coche sin luces,
el universo encerrado en una carrocería de hierro y cristal, el
infinito bajo el asiento del copiloto. Hemos renunciado al mundo de
los vivos para encontrar el amor que aparecía prometido en las
canciones de nuestro disco duro, y no hacemos más que conducir sin
rumbo con ridículas gafas de sol, con cristales demasiado densos
como para ver a través de nuestros compañeros de viaje.
Por la noche no podemos vernos,
sutilmente un cigarrillo te ilumina cara en cada calada, y se siente
como si ya no quisiera seguir buscando.
Entonces las cerillas se alzan hacia
arriba.
Siempre he querido saber cómo haces
eso.
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