domingo, 2 de diciembre de 2012

Tu princesa está en otro castillo

Mis manos empiezan a reflejar la historia, las cicatrices se mantienen y cada vez resulta más desconocido tocar un instrumento. Ninguna punta de ningún lápiz puede soportar las cartas que van dirigidas a ti sin partirse, tengo el papel emborronado, lleno de carbón, y el tiempo ya no me habla, se ha enfadado conmigo, cansado de mi, cansado de que escriba sobre relojes, que diga que es su culpa, delegando en él todas las decisiones que yo no me atrevo a tomar. El tiempo no tiene más culpa que yo y sería inútil intentar explicarle que no estoy enfadado con él, pero ahora que no está de mi lado cómo podría recordarte cada día que eres magia, porqué tú eres magia y no hablo de la magia de los libros y los buenos ilusionistas, eres la magia que tiene olor propio, magia polar, magia que te parte como el cristal reflejando en cada trozo cada escena de amor nunca filmada. Cómo rogarle ahora a Roberto Benigni que me enseñe a darte los buenos días si al descubrir la manta un champiñón me dice tu princesa está en otro castillo.


Tan triste oyendo al cínico Horacio que quiere un amor pasaporte, amor pasamontañas, amor llave, amor revólver, amor que le dé los mil ojos de Argos, la ubicuidad, el silencio desde donde la música es posible, la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua. Y es tonto porque todo eso duerme un poco en vós, no habría más que sumergirte en un vaso de agua como una flor japonesa y poco a poco empezarían a brotar los pétalos coloreados, se hincharían las formas combadas, crecería la hermosura. Dadora de infinito, yo no sé tomar, perdóname.




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