Mis manos empiezan a reflejar la
historia, las cicatrices se mantienen y cada vez resulta más
desconocido tocar un instrumento. Ninguna punta de ningún lápiz
puede soportar las cartas que van dirigidas a ti sin partirse, tengo
el papel emborronado, lleno de carbón, y el tiempo ya no me habla,
se ha enfadado conmigo, cansado de mi, cansado de que escriba sobre
relojes, que diga que es su culpa, delegando en él todas las
decisiones que yo no me atrevo a tomar. El tiempo no tiene más culpa que
yo y sería inútil intentar explicarle que no estoy enfadado con él,
pero ahora que no está de mi lado cómo podría recordarte cada día
que eres magia, porqué tú eres magia y no hablo de la magia de los
libros y los buenos ilusionistas, eres la magia que tiene olor
propio, magia polar, magia que te parte como el cristal reflejando en cada trozo cada escena de amor nunca filmada. Cómo rogarle ahora a
Roberto Benigni que me enseñe a darte los buenos días si al
descubrir la manta un champiñón me dice tu princesa está en otro
castillo.
Tan triste oyendo al cínico Horacio
que quiere un amor pasaporte, amor pasamontañas, amor llave, amor
revólver, amor que le dé los mil ojos de Argos, la ubicuidad, el
silencio desde donde la música es posible, la raíz desde donde se
podría empezar a tejer una lengua. Y es tonto porque todo eso duerme
un poco en vós, no habría más que sumergirte en un vaso de agua
como una flor japonesa y poco a poco empezarían a brotar los pétalos
coloreados, se hincharían las formas combadas, crecería la
hermosura. Dadora de infinito, yo no sé tomar, perdóname.
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