Si la tormenta alcanza su punto álgido, correré a refugiarme donde las calles no tienen nombre y los transeúntes declaran su amor anónimamente en cada encuentro. En esas calles, se detienen uno frente al otro, inclinan su paraguas en señal de interés y recitan frases lascivas en lenguajes prohibidos, ritual privado a aquellos transeúntes sin un paraguas en la mano. Y yo con el pelo empapado, bajo la lluvia cabizbajo, me lanzo a crucero con los pies perdidos de barro hasta llegar a tu casa y con el vendaval de mi lado abrir tus ventanas, romper los cristales si hiciera falta para gritar que lo he conseguido.
He hecho llover y ya no necesitaremos paraguas.
He hecho llover y ya no necesitaremos paraguas.
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