El
constructor de ventanas ha abandonado su empleo, ha cerrado todas las
ventanas que había inventado y no tiene más paradas en su viaje.
Dedicará el tiempo que le queda a escribir la elegía de su viaje,
retratar el dulce sabor de sus derrotas, sus discusiones con Kublai
Khan. No tiene fuerzas para una nueva aventura, ha vendido su barco,
los mapas que había dibujado y todas las obras sobre ciudades quizá
existentes para comprar un hogar atado al suelo, uno que no pueda
viajar con él. Desde una
habitación en Venecia contempla la ciudad a través de la ventana,
una ventana de madera y cristal, muy diferente de aquellas que había
inventado.
Se enciende
un cigarro, pese a que él no fuma, y se estira los dedos sentado en
su escritorio, la única pieza que conserva de su antiguo barco.
Frente a él tiene escrupulosamente colocados algunas hojas de papel
y un bote con tinta, le da una profunda calada a su cigarro mal liado
y comienza a escribir:
La pluma
me dice que eres una ventana con cortinas de lunares, una con vistas
poco favorecidas de Venecia.
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