Empiezas a correr como si quisieras
llegar a algún sitio y a mitad de camino te detienes, estiras los
músculos y respiras un poco y limpias el sudor de las cejas como si
fuera relevante para observar los coches que circulan indiferentes a
encontrarte allí, de pie exasperado psicoanalizando pasajeros para inventar sus trayectos que en algún punto ya no son trayectos y no
hay camino y Kerouac se dedica a menesteres más humanos y con menos
neumáticos. Entonces vuelves por donde has venido a completar el
círculo, el ritual de los cobardes con sueño, sin ganas de dormir.
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