Decora su retirada con pretextos de
emigración estacional, pero lo que le acobarda es despertarse cada
mañana en el mismo sofá para enfrentarse al espejo, que indiferente
a lo frágil que se siente uno sosteniendo un cepillo de dientes, se
empaña recordando cada una de sus decisiones. Ha empezado las
despedidas con meses de antelación porque no confía en la
determinación de alejarse y sabe que no tiene el orgullo para volver
una vez se ha despedido. Ata los cordones una vez tras otra porque
siempre se tropieza con ellos y sale a correr mirando hacia atrás,
sin prestar atención a si los pies se definen sobre las baldosas
amarillas, a riesgo de tocar lava y perder el juego, perderse y
olvidar el juego, encontrar los lazos pero no el regalo.
Simplemente vivir se siente como una
espera, como repetir curso, el reencuentro de los rostros y la
reiteración de los errores. La desidia trepa por las raíces de sus
pies y cada día se entierra un poco más en la arena. Por las noches
cuando sube la marea los ojos se le llenan de sal y es incapaz de
enjuagarlos, los recuerdos laten muy deprisa en su cabeza y se le ha
detenido el corazón de no usarlo.
Una vez leyó que una retirada a tiempo
es una victoria y conoce de buena mano que la huida tiene pena pero
no gloria.
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