Marco Polo ahora es extranjero del
mundo y no lo dejan cruzar las aduanas. Compra postales y las pega con
celo a la ventana, describe sus viajes con lo que lee en Wikipedia,
sale a caminar por su ciudad (que hace mucho dejó de ser Venecia) y
vuelve con un traje diferente para dejar una carta en el buzón de su
casa, mirando a ambos lados, asegurándose de que nadie lo ve, que
nadie lo reconoce.
Septiembre siempre ha olido diferente,
incluso cuando nada cambia.
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